Suramérica dibuja su rica geografía desde el valle del Atrato hasta el Cabo de Hornos, último confín austral del archipiélago de la Tierra del Fuego. Se despliega a lo largo de 17,8 millones de kilómetros, poblados, desde el Pleistoceno, por herederos de cazadores mongoloides que dieran origen a caribes, chibchas, quechuas y mapuches, algunas de las muchas etnias de las que, seguramente, llevamos el legado, tras 15.000 años de historias de mitos y leyendas, de pueblos y civilizaciones perdidas, de descubrimientos, conquistas, invasiones y exterminios; de indígenas, negros, mestizos y venidos de ultramar, diferenciados, acaso por accidentes naturales, como que unos son andinos y los otros del río de La Plata , unos de ancestros lusitanos; hispanos, los abuelos de los otros. Todos, sin distingo, sobrevivientes depredados de todo lo llevado, en barcos y veleros, por piratas, almirantes y filibusteros. Todos hijos del Amazonas eterno, corazón de la tierra, la mayor selva tropical subsistente, de los interminables llanos de Bolivia, de la Pampa , del Oriente venezolano y de Colombia, ascendiendo infinitos hacia la altanera cordillera de Los Andes, segunda mole montañosa más alta del orbe, donde se yerguen, desafiando el cielo, a más de 9.000 metros de altura de sus litorales caribeños, el Aconcagua, el Ojo del Salado o el Huascarán, y donde se desparraman todos los verdes de llanos y altiplanos, valles, montes, selvas y bosques tropicales, la gama de azules de sus mares, ríos y lagos, de sus espejos glaciares del Sur y sus fuentes de alegría de fiesta y carnavales, de cantos de chipayas y chorotes, de pitos de siringas y ocarinas, retumbares de tynias y wancaras, resuenos de ayotles y maracas y, en el corazón alado de sus gentes, su inextinguible fe en las bondades del mañana.